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Hablando de librerías. Leo Libros

Estas entrevistas a libreras y libreros locales fueron realizadas por Felipe Hourcade y Thiago Susan —salvo las pocas excepciones indicadas— entre febrero de 2022 y marzo de 2023. La serie, pensada como complemento del libro Sellos de librerías de Rosario, tuvo en cuenta cubrir distintos tipos de librerías: de nuevos, de usados, de saldos y virtuales. Tanto el libro como las entrevistas le permitirán al lector armar un mapa imaginario donde se conectan, como si fueran estaciones de una red, las librerías actuales e históricas de Rosario.   Leo Libros, Marcos Paz 3904 Leonel Faccendini —¿Cómo surgió la librería? ¿Hace cuánto que están en el lugar actual? ¿Tuvieron mudanzas o siempre estuvieron en la misma ubicación? —La librería arrancó hace dieciocho años, en diciembre de 2004. ¿Cómo arranqué? Bueno, yo fui empleado de Claudio Girardo muchos años, ocho, en El Arcón (que estaba en calle Rioja, entre Mitre y Entre Ríos). Estaba haciendo un par de ferias y, en algún momento, tomé la decisión de arrancar con local propio. Así que me costó mucho. No tenía efectivo. Justo pasaron unos problemas personales: mis papás se divorciaron, consiguieron una plata, vinieron a mi casa y me la dieron. Ahí pude poner el local. Fue muy difícil. Como no se vendía casi nada, seguí trabajando como empleado dos años más en Urquiza y Santiago. La librería fue tomando vuelo, se fue haciendo de clientes, y entonces renuncié al empleo; por suerte, siguió progresando, teniendo más libros. Siempre estuvimos en esa esquina, pero intentamos abrir dos locales más. Estuvimos cuatro años en Mendoza y México. La veíamos hermosa a la cuadra, porque por Mendoza iban muchos autos, entonces pasaba mucha gente, podía haber público, pero lamentablemente la gente solo pasaba, no se detenía. Entonces retrocedimos un poco. Cerramos ese y abrimos en San Juan y Servando Bayo. Siempre se llamó Leo Libros. Ahí también estuvimos cuatro años. Yo lo elegí porque había una parada de colectivos, siempre se juntaba gente, pero la gente no entraba. Tampoco funcionó, lo cerramos. Así que, dijimos, nos quedamos solo con el de Marcos Paz. Abrimos una cuenta en Mercado Libre y también empezamos a vender por ahí. Nos quedamos solo con la librería de Marcos Paz. A veces vamos a ferias, cosa de tener una entrada extra. No tomé la decisión de arranque, yo ya conocía el rubro librería desde adentro. Me costó tomar la decisión. Invertir es muy difícil. Así que, bueno, el oficio de compra y venta lo conocía. Era arriesgarme. —Entonces, decís que, antes de abrir la librería, ya conocías el oficio de librero… En ese sentido, también te habrán quedado varios contactos posibles para conseguir libros. Teniendo en cuenta esto, ¿cómo te abasteciste desde el principio? ¿Comprabas lotes de usados o bibliotecas de gente que fallecía? ¿Trabajaste con nuevos? ¿Con usados y nuevos? ¿Con saldos? —Arranqué solamente con libros usados. Porque lo que hacía (como yo en ese momento era empleado, no tenía clientes que me fueran a vender) era “recorrer a los colegas”. Iba a Urquiza y Santiago y, cuando supieron que había renunciado a mi trabajo en el centro, me dijeron “ya que renunciaste, ¿no querés trabajar cuatro horas acá?”. Iba al Pez Volador a comprar. Digamos, como ya tenía conocimiento de libros iba recorriendo y buscando libros para revender. Cuando puse la librería fue más fácil, porque la gente venía, ya sea para compra, venta o canje. Además compraba en el Ejército de Salvación, creo que arrancamos con el Ejército de Salvación porque como ahí hay muchas donaciones siempre se consiguen libros. Después dejé de ir porque me quedaba incómodo para trasladarme. Al tener un lugar físico la gente vino a vender sus libros acá. Cuando abrí, tenía muy pocos libros. En ese momento, no tenía auto y me tomé el “Santa María” (que creo sigue haciendo los tours de compras; básicamente, van a comprar ropa a La Salada), me bajé en el obelisco y recorrí todas las librerías. Ahí, en Buenos Aires, siempre tenés muchas ofertas de libros, remanentes. Nunca fui a las plazas, pero hay muchos chicos que van a las plazas donde se venden libros; ahí se encuentran muchas ofertas de usados. Resumiendo, arranqué comprando a colegas y en las ferias. Y, bueno, también empecé a ir a Buenos Aires a comprar a los salderos. Ahora incorporamos la parte de nuevos, porque como estamos en el barrio, por ahí la gente no quiere moverse hasta el centro y, bueno, traemos el último de Bonelli, el último de Rosetti… Atendemos esos pedidos también. —Esta pregunta fue surgiendo a medida que fuimos haciendo las entrevistas, porque notamos que había una tendencia en los libreros —de usados, más que nada— a dejar, de alguna manera, su marca de interés personal en la librería. Que hay librerías que no son de “despacho” —como han dicho algunos libreros— sino más bien perfiladas, orientadas hacia cierto público, cierto material… Si tenés que pensar en un perfil de Leo Libros, ¿cómo sería? —No vengo de ninguna carrera. Estuve estudiando Medicina y Abogacía, pero no avancé de primer año... Entonces, lo que a mí me gusta es abarcar varios rubros. No tengo una temática predilecta, tampoco tengo un “conocimiento” vasto de humanidades, de filosofía, o de historia. Por otro lado, siempre quise tener un local grande, porque nuestra idea era hacer talleres. Por ejemplo, un profesor de historia que diera una charla… En un momento, teníamos un bar enfrente y pudimos dar charlas. Fue una docente, habló sobre la educación, pero nunca llegamos a tener mucho espacio. A mí me gusta de todo en general. Estamos atentos al pedido de la gente. O sea, si nos piden automovilismo, les damos automovilismo; si nos piden algo en chino, buscamos libros en chino. No nos quedamos en ninguna temática. Lo que más trabajaba eran las revistas de manualidades en una época, teníamos un montón: tejido, cocina, crochet, pero ahora cambió, porque la gente mira tutoriales por YouTube, aprende por ese medio. En teoría no tenemos un campo específico. Me gusta tener de todo y poder hablar con el cliente para saber de ellos y sus gustos. —¿Cómo es tu relación con el cliente/lector? ¿Tenés alguna especie de vínculo entre librero y cliente? —Sí, totalmente. Hay clientes que tenemos desde el principio, que de hecho nos cargan, porque nosotros en una época hacíamos unas bolsitas. Bueno, ahora estamos regalando escarapelas por la semana de mayo. Hay clientes que nos cargan y nos dicen “eh, cuándo vas a regalar”, porque para Pascua, por ejemplo, regalábamos huevos. Entonces, sí, tenemos clientes de toda la vida. Algunos los hemos ido perdiendo porque fallecieron, su falta se siente. Hay otros que han viajado y te saludan a la distancia. Pero sí, uno crea un vínculo con los clientes. —Algo que también fue surgiendo en la charla con algunos libreros es la experiencia, básica en una librería de usados, de ir y revolver. Ahora, el hecho de que esté todo en internet ¿no genera una actitud en el comprador de ir a la librería ya sabiendo qué quiere comprar (este libro, esta edición, tal año) en vez de tener una actitud más tradicional, podría decirse, de ir y dejarse llevar, ver con qué se encuentra? —Yo le echo la culpa a internet en un cincuenta por ciento. El otro cincuenta es por la rapidez con que se vive. Creo que hoy la mayoría de la gente no tiene tiempo para ir a revolver. O sea, hay muchos chicos que vienen a buscar sus libros porque se los ofrecemos por Instagram, WhatsApp o Facebook y ni recorren a la librería. Vienen, buscan los libros y se van. Antes eso no era así. En librerías como la nuestra, que son de usados, vos tenés que ir a revolver. Entonces, a veces no está el título específico que fuiste a buscar, pero te enganchás con otro. Se perdió un poco eso; quizá por el tiempo, porque tenemos poco tiempo debido al trabajo, al estudio… Internet puede haber restado, en un principio, pero se equilibró, porque lo que yo noto hoy en día es que muchos más jóvenes leen romance o drama para adolescentes. Todo el tiempo tenés que amoldarte a las épocas y buscar al público. Pero sí, la gente ya no revuelve libros. Busca lo que necesita y listo, no tienen tiempo. Al que también le comprábamos un montonazo de libros era a Cacho. Él tenía una librería por Corrientes, entre las calles 9 de Julio y 3 de Febrero. Una librería chiquita, pero que hacía rotación de libros y tenía precios muy accesibles. Aparte, vos le decías “soy estudiante, me gustan los libros” y te hacía descuentos. Él sí había sido profesor, no recuerdo bien de qué. Charlaba mucho, era interesante. Vos te ponías a charlar y podían pasar horas. Eso sí, tenía una voz carrasposa, porque fumaba mucho. —¿En qué año fue? —Y, unos ocho años atrás más o menos. O quizá diez. Él se jactaba de que tenía una colección muy grande de ediciones distintas del Martín Fierro. Tenía más de cien Martín Fierro. No sé qué habrá pasado con eso. Entonces, como te decía, recorrí todas las librerías. No solo porque me gusta leer, sino también porque me gusta mucho el objeto libro. Entonces, en esas recorridas, o en las ferias, encontraba libros únicos. —¿En esas búsquedas te interesaba encontrar libros raros, “de colección”? —No. Mi objetivo siempre fue el “libro rápido”, que rote. Porque los coleccionistas lo tienen guardado. Y bueno, todo bien, pero no es mi función. Mi intención es que circule. —¿Qué pensás de los libros dedicados, subrayados, marcados por un lector siempre anónimo? —Es algo que me encanta. Lo que diferencia al usado del nuevo. El libro nuevo no tiene nada, es lo mismo de siempre. En cambio, el libro viejo tiene marcas, hay diferentes ediciones y tapas, eso es lo lindo. Vas a una librería o a una feria y vas viendo, comparando. Yo los libros raros, o de colección, no los tengo. No me gusta guardar y conservar. Entonces se los doy a otras personas. A Armando Vites, por ejemplo, que no tiene librería sino que vende por Facebook. Entonces, cuando aparece un material raro yo lo derivo porque no sé cómo cotizarlo, directamente no lo trabajamos. Mayo de 2022.
  
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