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La trascendencia de las cosas simples

Beatriz Vallejos es una de las voces perdurables de la poesía de la ciudad. Una mirada sobre una obra donde la intensidad se hermana con la sutileza.

Por Flavio Zalazar. Como una voz reconocible y necesaria se yergue la de la poeta Beatriz Vallejos. Ponderada, más allá de filiación y tradiciones de lecturas –obra reunida por la Editorial Municipal de Rosario con el título El collar de arena, con liminar de Celia Fontán y cronología de Beatriz Vignoli, además de numerosos artículos y textos críticos, vale reconocer Beatriz de María Teresa Andruetto–, su tono surca el espacio desflorando momentos. Instantes logrados de consustanciación, donde persona, paisaje y naturaleza caben en un poema. Vallejos nació en Santa Fe en 1922 y murió en Rosario hace solo trece años. Los primeros tramos de su juventud los vivió alternadamente en Capilla del Monte (Córdoba) y Colonia Corondina (Santa Fe), localidades donde ejerció la docencia, afincándose luego en Rosario, sitio de su mayor residencia. Aquí alumbró a sus hijos y la pasión por el trabajo manual en laca, término venido del sánscrito que refiere a la exudación resinosa de algunos árboles orientales; una trasposición obvia a la escritura, sobre todo en su poética adulta. Fecunda en libros publicados, recuesta sus constantes en los temas, bien lo señalara Fontán: “Los estados subjetivos, la reflexión, el registro del acontecer, la transmutación del paisaje, el padecimiento de los inundados, la humillación del vecino, los problemas de la física, porque el poema es el universo mismo” escribe la también poeta; aunque el estilo, como el de casi toda mujer u hombre de letras, vierte múltiples sonoridades a lo largo de la vida. Este es un recorrido preliminar, avieso por lo parcial, de las diferentes instancias en la escritura de Beatriz Vallejos; una deriva que nació con el antecedente modernista de Walt Whitman de sus primeros textos, pasando al mundo fluvial de encuadre realista luego, para acabar en lo que acotara Roberto Retamoso: “Formas y tonos que evocan de manera indubitable a la poesía oriental”. Despunta la voz Alborada del canto, escrito a los veintitrés años, muestra poemas de influencias modernistas, “concepto de paisaje y estilo” señala Eduardo D’Anna en su libro Capital de nada, aunque el mismo autor avizora una lectura sobre Lorca y León Felipe en los versos libres y el uso de las metáforas, recurrentes hacia la desidealización del paisaje. Sin embargo es en Cerca pasa el río, de 1952, donde la poeta entabla un verdadero discurso vitalista, consecuencias del trasfondo de posguerra. Línea que continúa en La rama del ceibo (1963) –referencia a la olvidada flor nacional– con marcada reivindicación de lo indígena. De este último libro vale la pena citar Libertad, dinastía del aire: “Estoy borrando los siglos./ La mujer se vuelve,/ de sus manos brota la alfarería,/ la agricultura, el tejido./ Ese es un reino, ese es su reino, alegría./ Estoy borrando los siglos./ El hombre está/ donde su mirada no llega,/ el amplio mundo./ El hombre sueña./ El hombre es un poema./ La mujer cantaba arrodillada en su quehacer./ La mujer le dio de beber un mensaje./ Se extendió más allá de la luz:/ solo me siento libre/ cuando soy capaz de crear”. El descubrimiento del rol de la mujer constituye al yo lírico, perturbando el acervo y las tradiciones. Lo estanco de la comunidad patriarcal –raigal en el legado hispánico-castizo– se somete a una superación de la simple denuncia: la posibilidad del acto creador. La poesía de la razón Quizás el activismo por un orden social igualitario, su matrimonio con Domingo Rigatuso (militante del Partido Comunista) o las largas jornadas de diálogos con el recordado Felipe Aldana produjeron en su poesía un despertar político, vago en cuanto encuadre partidario, pero rico respecto a la necesidad liberadora. Por ejemplo, de Otros poemas (Premio José Pedroni 1970), recordemos “Banderas en la tierra”: “Entonces la impiedad,/ los feroces mortales, el Hambre,/ flamea de sedosos orgullos./ Uno se resiste a creer/ Que tales cosas fuesen/ o serían posibles”. Hablar de impiedad es hacerlo también del desprecio. Certeza, la del primer verso, perceptible en el último con aire de impotencia, a la vez de asombro hacia la especie humana. La simbiosis Una experiencia lírica, ya traída por cierto, se acrecienta desde el mismo Otros poemas, la de “usar el lenguaje para dejarse impregnar del mundo” como lo refiriera la autora. Para efectuarlo, a veces recurre a las formas orientales como la tanka y el haiku, pero más a menudo a procesos de su intuición poética. Por ejemplo, en Del cielo humano (2000), Serena conexión: Una pequeña mujer china/ como sería yo/ bordó esta pequeña pantalla/ de rafia y de colores/ como lo haría yo./ Leo sus manos. / Leo su absorto perfil/ bordando un pequeño detalle:/ “Yo soy”. La fascinación –atracción irresistible– por la cultura oriental hace de la relación de una mujer china con su trabajo, un universal. Así entrevé la autora la práctica de la labor manual. La síntesis, una quimera Del grupo de escritores que modernizaron la literatura en la ciudad, Beatriz Vallejos modeló en letra, cual artesana, las diferentes modulaciones que adquirió su oficio de poeta a lo largo del tiempo. Inflexiones de la poesía española del siglo veinte y un potente vitalismo telúrico fueron su primera voz, continuando en formas sencillas y con tintes denuncialistas, la poesía de la razón; para culminar con representaciones y colores orientales en la expresión –simbiosis–. Una poesía hecha de simpleza, que mira las pequeñas cosas, es decir, lo trascendente. Todos sus libros Alborada del canto (1945), Cerca del río (1952), Otros poemas (1970), El collar de arena (1980), Espiritual del límite (1980), Horario corrido (1985), Pequeñas azucenas en el patio de marzo (1985), Ánfora de kiwi (1986), Lectura en el bambú (1987), Poemas (1987), El ángel (1989), Sin evasión (1992), Cuadernos de Magoaire-Donde termina el bosque (1994), Del río de Heráclito (1999), Del cielo humano (2000).
  
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