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Texto de Damián Ríos en la presentación de "Vacas"

Por Damián Ríos. "A propósito de Vacas, de Belén Sigot, buenos lectores me han dicho que exagera; es verdad que en la novela misma se dice de algunos personajes que son exagerados, que parvean. Finalmente, la exageración, también, es un modo de contar y Vacas elige, entre muchos otros modos, ese. Exagerar, ponerle sal a un relato para hacerlo más atractivo. Pero estos lectores me han dicho que la exageración que advertían no estaba en las peripecias, precisamente, ni en los hechos narrados, sino en el lenguaje. Con cierta ética realista, me han dicho que no puede ser que haya gente que hable así, como en su novela, con los artículos antes de todos los nombres propios, con las comparaciones, con las metáforas y con esos modos de decir. Mal o bien, estas malas lecturas, dan en el centro de la apuesta de Sigot. No es verdad que la novela exagere en el lenguaje, pasa que el coro de hablantes y la voz narradora de la novela tensan el lenguaje, lo estiran al límite de volverlo intolerable para algunos. ¿Quién habla así? Nadie. No exagera la novela. Toma un matiz de la lengua en un momento y un lugar precisos, pero también imaginarios: lejos y antes de las redes sociales; antes, incluso, de la televisión, tal como hoy se ha impuesto; lejos y antes de esas plataformas y artefactos que tienden a empobrecer y uniformar los modos de decir y de pensar. Si no hay exageración en eso, tampoco hay conservación. Los personajes de Vacas saben cosas de la vida, o creen que saben cosas y las dicen, y Vacas los pesca en esas frases iluminadas o inverosímiles que pasan de largo si algo, una novela, no las captura y las hace andar a otra velocidad. Por esos encuadres y cambios de ritmo del habla en la escritura es que Vacas está muy bien escrita, tiene música propia y fraseos originales e inesperados, bellos. Los lectores que me han comentado eso, buenos lectores, incluso muy cultos y librescos, piensan legítimamente que piensan algo al advertir desde su verosímil del lenguaje que tal vez en Vacas esté exagerado el lenguaje, que sea una parodia; pero Belén, la autora, no parodia, no odia a sus criaturas, registra y muy a menudo las atesora en un diccionario propio. Le da al español que usa y es su lengua una entonación propia; al español que hablan comunidades desde la frontera con Canadá hasta Usuahia le da un matiz, que es de la autora y que es de esa comunidad en ese lugar preciso de la novela, y, lo más importante, le da un matiz que es propio de la lengua, que es amplísima y diversa, y que estaba, también, de alguna manera, en otras obras de la literatura. Ese matiz que el lector de otras comarcas reconoce, pero no puede decidir si es el estilo del autor o si es de la lengua propia tal como se habla en otra comarca. Esa es la gracia de leer a escritores lejanos pero de la misma lengua. Otra forma de la traducción. Pensar que uno piensa pasa más a menudo de lo que creemos, cuando caemos operados por lo social, por lo que piensan u operan otros a través de medios de comunicación masivos, internet o, incluso, colecciones de literatura culta en traducciones planchadas. El año que viene se va a celebrar en Córdoba, Argentina, el Congreso de la Lengua. Un evento en el que Reino de España viene decirnos cómo tenemos que decir y hasta cómo tenemos que pensar. No sólo en el evento, sino a través de subtítulos, traducciones, periódicos, textos de español para extranjeros, textos de “el” español. España nos está advirtiendo sobre el buen uso del español y cobra por eso. La lengua es un bien, tal vez uno de los bienes más preciados y su propiedad siempre está en disputa. La lengua no es del que tiene mejores y más recursos materiales y logísticos para desparramar su dialecto por el orbe. La lengua es de quienes mejor la usan, o sea, de quienes la usan sin voluntad imperial. Y la novela de Belén, escrita en un español precioso, en un español que nos hace creer que así habla la gente, que construye ese verosímil y al mismo tiempo nos advierte, con encuadres y ritmos poéticos, que no creamos en ese verosímil. A lo mejor, creo, ese español, está en el recuerdo y corresponde a las voces que escuchó la autora en su infancia. Pero, estoy seguro, no reconstruye conservadoramente un español que oyó en su infancia sino que inventa, con ese recuerdo, un español nuevo para la literatura. Las palabras y hasta las frases ya estaban; lo que hace Vacas es combinarlas en su prosa de tal manera de darles una entonación, una altura original y potente. No es Vacas una novela localista, lo que hace es ponerse en un extremo y abrazar, como dice una escritora, muchas otras tradiciones narrativas e incorporarse ella misma a la tradición y, por qué no, fundar una nueva. Días pasados, me tocó coordinar una mesa de escritores que escriben en una lengua pero que viven en países o lugares en los que no se habla esa lengua, natal, en que ahora escriben o siguen escribiendo. Castellanos Moya, salvadoreño, escritor premiado y muy editado en todo el territorio de la lengua española, habló de que la lengua era muy diversa y dijo que si bien su lengua natal había cambiado, y que cada vez que volvía su país se enteraba de nuevos usos, el español en el que escribía no había cambiado radicalmente. No lo dijo, pero se entiende que la lengua de sus novelas se puede leer sin esfuerzo en Barcelona, San José de Costa Rica, Lima, Santa Cruz, Santiago de Chile y, llegado el caso, también en Pronunciamiento; escritor que publica en multinacionales, buen novelista, muy buen prosista, es editado para que con matices lo entiendan todos los lectores cultos y librescos. Incluso llegó a reconocer, en la charla, que un temprano libro de cuentos de su juventud, que jamás reeditó, de publicarlo ahora necesitaría un glosario que lo acompañara. Distinto es el caso de Belén Sigot, a quien no hay que traducir para que la entiendan en algún barrio de Buenos Aires o de Córdoba ni de Medellín, porque se te puede escapar un modo de decir o un término o varios, pero es tan potente que nos lleva puestos y, como en la poesía, puede pasar que nos preguntemos por el sentido, pero la idea es que nos quedemos saboreando las oraciones, las frases y después, entonces, viene el sentido. Vacas no espera ser entendida, no comunica, para eso están los periodistas y hasta las editoriales: se limita a decir y hacer decir, a inventar formas de decir, para que lo dicho quede bien dicho de una manera que antes no se podía imaginar. Esto es, después de todo, al menos una de las obligaciones de los que nos dedicamos a la literatura. Seleccionada en un concurso regional de novela breve, editada por una editorial municipal, esa de no confundir universal con un dialecto triunfante, esa, entre otras, es la batalla política que da en la lengua, en minoría, la literatura de Belén Sigot, acaso una de las pocas batallas que en la literatura merece darse". Texto que leyó Damián Rios en la presentación de "Vacas", la nouvelle de Belén Sigot, en la sede de la Asociación Gremial del Magisterio de Entre Ríos en Concepción del Uruguay.
  
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