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Una ciudad de entre la fauna y la flora

Por Carlos Fratini. Durante los primeros años de su carrera de grado, los estudiantes de Biología aprenden el concepto de “roca”. Según el diccionario de la RAE, se trata de un “material sólido de origen natural formado por una asociación de minerales o por uno solo, que constituye una parte importante de la corteza terrestre”. Los estudiantes de Biología descubren, durante ese tiempo, la diferencia entre “roca” y “piedra”. Desde el sentido común, una piedra es potencialmente una Edad, el motivo de rotura de un vidrio, el gigante Goliat tumbado en el suelo, o un camino en un Paseo de artesanos. Para la Biología, en cambio, el concepto de “piedra” es equivocado o, en consecuencia, inexistente. Decir “piedra” es decir algo que no existe. Casi como hacer literatura. Algo de esto sucede en Pedregal, de Gustavo Sánchez: Distante en el horizonte la bruma esconde la cordillera, falda, depresión entre montañas, esas otras definiciones de valle. A lo largo de su libro, Sánchez demuestra cierta obstinación en dar con la esencia de las cosas. En estos tres versos, esa esencia es conceptual: decir “cordillera”, “falda”, “depresión entre montañas” es un rodeo para dar con el hueso de la cuestión: “valle”. En este sentido, Sánchez elimina velos y artilugios poniendo en evidencia, amén de lo defectuoso de cualquier intento de denominación, una poética de las cosas por su nombre: “ceniza a la ceniza, polvo al polvo”. Este procedimiento no puede ser entendido sin considerar el lugar de enunciación, que es nombrado y presentado en el poema. El poema es, en parte, esa modulación que Sánchez concibe entre lo urbano y sus instituciones (la plaza central, los comercios, la iglesia, el registro civil), y las “yermas tierras”, es decir, el paisaje precordillerano: Sin dar lo no venido por pasado, sin un sonido, también ruda un río acá en esta manzana, solar propiedad del clero donde descontando sus oficinas, cuatro locales comerciales y el templo en sí queda un espacio baldío donde una pared de adobe, no tan lejos de la que sostiene una de sus caras, en su doble estándar da cobijo, sombra húmeda e inaccesible a las alimañas de rigor y sobre el piso –por donde se mire– piedras: por más cosas que se empeñen en ponerle encima, el lecho de un río cuya segunda venida para este espíritu es la única esperable. Sánchez escribe una sintaxis que desdibuja los sujetos de la oración y fluctúa sobre un paisaje urbano conjugado con flora y fauna cuyanas. Los poemas arriban al punto final cuando la sintaxis detiene su movimiento y, de todo lo que se presenta como lugar físico de enunciación, la voz selecciona una imagen: Quizá por su equilibrio, frutos y hojas verdes por igual y la disposición de las placas hojaldradas de brea y cemento en derredor parezca un árbol surgido repentino debajo del pavimento y no una rama señalando un bache más en esta calle de baja estofa. Pero basta que toque a su fin el horario de comercio, acopio y acarreo, ponga la tranca el párroco y se dilate el tiempo entre los colectivos hasta detenerse para que el engaño de la perspectiva se resuelva y solo quede preguntarse por qué de paraíso la rama y no de mora o algarrobo si no hay nada, en vaya a saber cuánto a la redonda, capaz de responder por ese nombre. De alguna manera, la poesía de Sánchez es la de aquel que, fugitivo de la torre de marfil, árido y nihilista, implora “una luz que se desvíe del escenario e ilumine el gallinero”. En última instancia, se trata de una poesía de quien se demora en una imagen que siempre encuadra una malformación de la lengua: “por qué de paraíso la rama”. Casi como hacer literatura; lo que hace que una roca sea piedra, y que un conjunto más o menos desperdigado de rocas simples –la geología nos perdone– reciba el nombre de pedregal. (Paréntesis. Digresión en las impresiones del reseñador. A la izquierda chapotean niños sobre la vereda baldeada, como frutos de un desove bajo la supuesta mirada de una figura que se recorta en la oscuridad por la luz que sale de la casa; desde la derecha, de frente por la calle, un perro; en la otra esquina, un porrón que brilla y se apaga al cambiar de mano. A uno y otro lado va mirando el empleado, despacio al volante abandonados sus hábitos diurnos de liebre y carroña, oveja doméstica, antílope o pequeña cabra; vuelto ahora un asesino crepuscular va despacio aterrado de solo pensar en matar a alguien y por ello verse envuelto en otra forma de demora. Me gusta mucho este poema de Gustavo Sánchez. Por un momento, me trajo a la memoria imágenes de mi infancia que creía olvidadas. El juego en la vereda y en la calle, un perro en el portón de Bastián o en la puerta de hierro del galpón o husmeando entre los cardos, enfrente. Jugábamos al fútbol-tenis o al tenis con las líneas de brea del asfalto como limitación de la cancha. Una noche, nos quedamos hasta las cuatro de la mañana con una pelota de trapo y una escoba, imitando lo que creíamos que era el softball. Adentro, nuestras abuelas jugaban al chinchón. Alguno, abarrotado por el cansancio, se tiró a dormir en el porche. Si ibas perdiendo o estabas en situación de desventaja, avisabas que venía un auto cuando estaba a una cuadra y media de distancia. El procedimiento enseñado por nuestras abuelas era dejar paso a cualquier cosa que tenga ruedas. Lo mismo si una vecina pasaba caminando en dirección al almacén. Las manos achicharradas de tanto estar en la pileta. La sombra de mi abuela, vista desde afuera, con su vestido amarillo, terminando de limpiar su casa para ir a limpiar la de su padre. Mi primera bicicleta. Los largos y brillantes veranos. Qué lindo cuando un poema nos trae estas cosas de nuevo. Qué extraña me resulta la identificación total, esa lectura ingenua y primera que parecía perdida, cuando nos hemos acostumbrado a leer poesía con otros ritos. Estoy casi seguro de que esa forma de relacionarse con el poema queda ahí, en algún lado, y a veces se hace paso entre la crítica para recordarnos de dónde venimos). (Actualización septiembre – octubre 2018/ BazarAmericano)
  
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