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Instancias en que se habita lo negro

Por Gilda Di Crosta. Variaciones sobre cerrar los ojos de Eric Schierloh es un conjunto de poemas que surgen como tentativa, como investigación, de lo que se capta en la insistencia de una misma y breve acción: cerrar los ojos; o, en todo caso, de lo que surge de ese ejercicio realizado repetida y voluntariamente. Aunque, también, ese motivo es un “pretexto para escribir”, que lleva a componer un dossier de poemas-muesca (denominación enunciada en el subtítulo). La serie de epígrafes que encabeza el libro funciona a modo de principios que orientan esta aventura de cerrar los ojos: ver lo que la visión no muestra (“La mera oclusión de los párpados puede hacer surgir en este mundo aquello que la visión no muestra”, Pascal Quignard) y trazar la imagen que hay detrás de lo velado (“La imagen que se forma tras los ojos cerrados”, Harry Mathews). Estos poemas-muesca son entonces el testimonio de lo que sucede al cerrar los ojos. Ninguno lleva título, solamente cada uno, de manera indistinta, está encabezado por el signo de sección o párrafo §, que señala el intervalo entre uno y otro. Una afirmación, en clave, antecede y aparece iniciando este aventurarse en la acción de cerrar los ojos: “El sentido aparece después”. A modo de certeza se repite en varios poemas, cada tanto, como para no perderse en el devaneo a ojos cerrados, y no quedar “atrapados para siempre / en un instante–el lapso ese lapso / en que todo es inmortal”. Lo que ocurre es que cerrar los ojos lleva a la desaparición del mundo como tal, aquello que abigarrado ante los ojos se presenta y permanece. Pero hay que soportar lo negro que cubre lo negro para dejar atravesarse por otros sentidos y “La voz / de adentro”. La clausura de lo exterior, de la “visual del mundo”, da paso a los ruidos, a las interferencias (“La fase visual / se detiene. / La sonora, no”). Y en esta instancia en que se habita “lo negro, la caverna”: “somos / hablados por una voz / ¿nuestra?”. Estas variaciones se muestran como un registro fenomenológico de lo que se percibe con los ojos cerrados, o en todo caso, se podría decir, son el reverso de la fenomenología de la percepción, ya que en estos poemas el ojo se vela para captar el mundo, o lo que ese “ojo-nido” conforma y constituye como tal. En la captación con los ojos cerrados, se suceden imágenes familiares alojadas en el reservorio de la memoria (las de su abuela, o con el padre de pesca), o construidas por recuerdos (la escena del abuelo a quien no conoció), o la escena de la caminata, el encuentro con la nutria muerta con el vientre con dos o tres crías; y las imágenes se presentan “como disparos”, “como zancadas en el agua negra”, “como destellos del pasado en el anverso cóncavo del panorama (de la letra) que se reflejan ahora en las cosas” para que puedan tener “un (primer) sentido”. También el cerrar los ojos es propicio para ver lejos, porque la memoria necesita de ese apartamiento de lo visual “de ese negro mate / que cubre / lo negro”. Al detenerse el sentido de la vista, al dejar en suspenso ese sentido con el que se capta el mundo, otra es la percepción del tiempo (“el mundo envejece y discurre, lento, más lento”) y lo que persiste de las cosas es más allá de las cosas –que tampoco es una idea–. Esta veladura incluso posibilita intercambiar las ideas “unas por otras / como en un experimento/como fichas”, que es opuesto a lo que sucede con los ojos abiertos: “Se secan las ideas / más fecundas como limones / en una frutera”. Además, sucede que lo sonoro continúa; no hay una negación completa del mundo en el interior, porque lo que vemos está determinado “…por lo que oímos / y será memoria / –si la voluntad (…) adentro/afuera / hundido de una u otra forma / en el murmullo del agua correntosa del tiempo / lo vemos / en una superposición”. En uno de los primeros poemas-muesca, se advierte que el libro se escribió “con los ojos abiertos –al mundo / /con el mundo con las cosas”, definido como una tentativa, una investigación. El libro recorre entre ese abrir y cerrar de los ojos la oposición orior/occido. Orior en latín significa levantarse, salir, y su participio presente es oriens del cual deriva oriente, el lugar de donde sale el sol, el nacimiento, la luz. Occido en latín es caer, sucumbir, cuyo participio presente occidens deviene en occidente (ponerse el sol). A esos dos términos: orior/occido, oriente/occidente, les corresponden dos personajes, que van a encarnar los extremos de la visión. Buda, quien se cortó los párpados, es el representante de la “atención perpetua” y Edipo, quien se arrancó los ojos, permanece en “la noche perpetua”. Extremos que oscilan entre la luz y las tinieblas. Este libro como dispositivo “de aproximación / a un tema (…) un asunto / una idea simple…”, además definido en varias ocasiones como una investigación, escrito con los ojos abiertos “al mundo / /con el mundo con las cosas”, porque hay una necesidad de “dejarlo (todo) inscrito” en el lenguaje que también es una muesca, deja marca. Y lo que se escribe son los poemas-muescas, los testimonios de lo que el lenguaje “pesca” a partir de deslocalizar la mirada, en esa negación visible del exterior. Hay una voluntad de corte, de discontinuidad, para apartarse del continuum del exterior pero que, sin embargo, es el sustento. Cerrar los ojos es deslocalizar la mirada, negación visible del exterior, sustraerse a lo que en otros libros de Eric Schierloh (Cuaderno de ornitología, Frío en las regiones equinocciales, por ejemplo) es paisaje, o mejor dicho, a la contemplación del paisaje para transcribir escenas mínimas de la naturaleza, enmarcadas por el ojo atento, paciente. ¿Dónde leer las deslocalizaciones en estas variaciones? En la obstinación temática (“al cerrar los ojos”, “Lo negro cubre lo negro”, “cuando cierro los ojos”, “Con los ojos cerrados”, “Cierro los ojos / De nuevo…”, “Después de cerrar los ojos”), en las palabras quebradas, interrumpidas, guionadas (“Pre-texto // Pre-scribere”; “no des- aparece”; “a-noto”), en los silencios transcriptos como blancos extensos entre palabra y palabra de los versos o entre versos (“extinguiendo venas que se secan”; “Abro los ojos y la pregunta”), en la detención del decir (“[en todo caso”; “(solo aún…”; “otro lapso / tal”; “(le [otro misterio {con los pedazos”), en los juegos con los significantes, cortando y reagrupando de otro modo los términos (“Así. / A sí.”; “para que la mente lamente y aún así”; “Se secan las ideas / … / se-se-can”), en los signos tipográficos de puntuación o matemáticos fuera de sus representaciones habituales. Estas operaciones son las que dan prueba de que cerrar los ojos arrastre al lenguaje poético al desborde de “lalengua”, a una continuidad informe. En definitiva, el ojo, o mejor dicho, su hueco es el nido “que sostiene el mundo”, que no es otro que el “paisaje doble”: “imago mundi / imago verbi”, indiscernible, y representado en uno de los poemas-muesca con el símbolo gráfico de la cinta de Moebius. Las oposiciones interior-exterior, tanto dentro como fuera, no son más que posibilidades jugadas en la ficcionalización de la duplicidad, pero indisociables: “imagenlapsoescritura”. Una vez cerrados los ojos, dice en uno de los últimos poemas-muesca, “no hay / adónde ir” (…) simplemente “ya no hay / ojos”. Y se detiene la tentativa, la investigación, con la suspensión del intervalo, en la última página del libro, entre Occido/Orior, donde, una vez más, allí gira la afirmación: “el sentido aparece después”. (Actualización septiembre - octubre 2018/ BazarAmericano)
  
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