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Yo, robot

Sebastián Bianchi escribe en Bazar Americano sobre "Ejercicio de estilo", de Julia Cisneros: Las palabras ya no llegan a nuestras cabezas sopladas por la musa sino que son el resultado de un código matemático en progresión; cifras que activan un léxico y un orden rítmico, el input de la inspiración codificada por un cyborg poético.

Por Sebastián Bianchi. Si tuviéramos que reconstruir las operaciones llevadas a cabo por la autora de este libro mediante un ejercicio de imaginación retrospectiva, podríamos suponer que la primera tarea corresponde a la redacción de un motor, artificio verbal restrictivo que abre a un campo lexical acotado, para luego de allí seleccionar y componer. Este recorte de palabras y primer acopio de materia prima de donde sacar los materiales no es caprichoso, producto del azar o la inspiración, sino que viene dado por el número de un ISBN, cuyas cifras dibujarán un mapa o superestructura textual. Sobre esos ejes virtuales, el conjunto de términos con los que va a armar su poema se ordenan en versos, en progresiones numéricas y en viñetas recortadas de una lata de té Ybarra. Esta segunda redacción es la que realiza Julia Cisneros a través de la máquina funcionando, en tanto autora. Hay una tercera redacción –opcional, potencial–, aquella que compete sólo al albedrío del lector/a: buscar los números del ISBN en el Google, seguir las instrucciones que figuran al comienzo del libro, ir anotando las palabras, ir formando los propios versos en el papel. La obra principia, entonces, con una nota en donde la autora describe su herramienta y su funcionamiento virtual, al mismo tiempo que hace explícito el método de composición. Luego siguen los objetos verbales generados a partir del procedimiento: 14 poemas numerados, debajo de los cuales aparece apuntada la cifra del ISBN correspondiente al texto de base. Estos libros–fuente o hipotextos dotarán a cada uno de los ejercicios de una marca genérica y un vocabulario, y en tanto que variaciones estilísticas, se comportarán como módulos sacados de la tragedia griega, del ensayo sociológico o de unas reflexiones de John Berger acerca de los modos de ver. Diagramados a partir de un sólido criterio visual, los poemas se estructuran en tres partes, según tres tipos de lenguajes o códigos puestos en relación: cifras numéricas para el título (del 01 al 14) y para el cierre del artefacto, con el número de ISBN correspondiente (9506024553, por ejemplo, para el poema 01); en medio las palabras ordenadas en el verso libre; y luego una pequeña viñeta, ícono visual tomado de una vieja caja de té y manipulado digitalmente. Así, este complejo dispositivo semiótico se propone al ojo en toda su diversidad estructural y su pluralidad significante. A modo de ejemplo, veamos el poema 08, cuyo número de identificación internacional corresponde a La gallina degollada de Horacio Quiroga. El poema está formado por unos pocos versos centrados en la página, entre cuyos intersticios puede leerse, deshilvanada, plagada de omisiones, la historia narrada por Quiroga, pero ahora como si el texto original hubiera sido parcialmente atacado por la carcoma. Además, operado a partir del mecanismo restrictivo, deviene en un poema de amor y concluye con un terceto de reproche: “Como si fuera comida, / el día sentados en su banco. / Mutuo amor sin fin ninguno. // Rodillas de la madre, / inyectada sangre en el rostro, / desear otro hijo. // podrías / tener más limpios a los muchachos / (atroz)”. La coronación trágica del final, elidido aquí, queda sugerida por el adjetivo puesto entre paréntesis, y encerrada en la cárcel sígnica que la contiene, la cabeza degollada de la niña que pergeñó Quiroga, Cisneros –más amable– nos la evita. Rastrear una genealogía para este tipo de prácticas textuales no es tarea difícil, ya que el propio libro declara desde el título cuál es su antecedente más próximo y deja entrever los otros: los Ejercicios de estilo de Raymond Queneau, las restricciones oulipianas del tipo S + 7, el centón, las máquinas para fabricar poemas, las consignas de permutación, instrucciones de uso y demás; todas formas de composición que ponen entre paréntesis el mito de la inspiración poética y el espontaneísmo mecánico del azar: “A falta de genio –escribe Cisneros–, esta carrera exige atenciones”. Como si en esto quedara cifrado el núcleo de su arte poética, el pliegue metalingüístico que opera en el verso levanta su dedo para señalar al propio mecanismo productivo: ese índice nos dice que es la consigna la que produce y no el genio tradicional del poeta. Las palabras ya no llegan a nuestras cabezas sopladas por la musa sino que son el resultado de un código matemático en progresión; cifras que activan un léxico y un orden rítmico, el input de la inspiración codificada por un cyborg poético. Debemos la publicación de este trabajo al Primer Concurso Nacional de Poesía EMR 2017, en el cual Ejercicio de estilo obtuvo el segundo premio compartido, con un jurado integrado por Mirta Rosenberg, Matías Moscardi y Javier Foguet.
  
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